Ya lo he comentado en otras ocasiones, pero por si no ha quedado claro, la cocina no es lo mío. Siento la desilusión que se habrán llevado algunos al conocer este detalle de mi personalidad, pero así es. No se puede ser perfecto en todo 😉

Estas Navidades, el bueno de Papá Noel, nos dejó bajo el árbol un fabuloso robot de cocina, de esos, que según dicen, te hace convertirte en un Arguiñano con sólo pulsar unos botones, y esto hizo que se despertara en mi cierto interés hacia la cocina. Me sucedió algo parecido cuando nos regalaron uno de eso robots que te limpia el suelo de la casa. Desde el primer día que lo vi funcionar, comencé a ver algo apasionante, hasta el momento desconocido, en la limpieza del hogar.  Por lo visto, el secreto para despertar en mi, el interés por las cosas, consiste en añadirles, delante o detrás, la palabra ROBOT.

– ¿Queréis aprender a cocinar con papá?

Le dije a mis hijos mientras buscaba, en el manual de instrucciones, una receta facilita, con la que perder la virginidad en el fantástico mundo de la cocina con robots. Ellos accedieron, creo que también intrigados por el funcionamiento de aquella belleza robotizada. Así que, ni cortos ni perezosos, nos pusimos manos a la obra.

Nuestra primera ocurrencia, fue la de preparar unos deliciosos merengues franceses que según el manual, tenían un escaso nivel de complejidad.

– ¿Qué tal han salido los merengues, hija?

– Eftan buenof, pebo fe quedan pegadoz a loz dientef…

Nos dedicamos a seguir, de manera metódica las indicaciones de la receta, pero el resultado final, aunque agradable a la vista, resulto no ser lo esperado, pues los merengues quedaron como unas masas gomosas que se quedaban pegadas a las muelas al primer bocado.

Para nuestra segunda intentona decidimos probar con algo salado, y nos ofrecimos a preparar la cena de aquella noche. Una sencillita sopa oriental sería nuestro segundo round. Aquello no podía fallar, disponíamos de todos los ingredientes necesarios y la receta parecía de lo más simple.

– Papáááá!!!! Esto picaa!!!!!

En este caso, desde mi punto de vista, la sopa nos salió buena, lo único malo fue que a uno de los tres (no puedo asegurar quien fue) se nos fue la mano con el gengibre, y todos ignorábamos que este hacía que la sopa se convirtiera en una piscina de tabasco. ¡puaj! Aquello resultó incomible.

Así que sin tirar la toalla, y viendo que la hora de cenar se nos tiraba encima, eché mano de la tableta y en San Google me puse a buscar recetas de cocina fáciles.

– Papá: ¿Porqué no hacemos unos sandwiches?

Para unos novatos en la cocina como nosotros y en vista de nuestros anteriores éxitos culinarios, todo parecía complicado o laborioso de preparar, de manera, que la opción de los sandwiches no me pareció en absoluto descabellada, y en la página de Campofrío, encontramos una receta de sandwiches, con pavo en loncha que nos ayudó a comenzar nuestra expedición apor el mundo de la cocina, con una receta más divertida y sencilla, que los niños pudieran hacer sin problemas.

 

Lo que parecía que iba convertirse en una ruina de cena, terminó convirtiéndose en una estupenda velada romántica de restaurante para mi mujer y para mi, pues los niños, decidieron echarnos de la cocina y encargarse, ellos solos, de la preparación de todo. Primer plato, aperitivos, bebidas y postre… ¡Nos pusieron hasta velitas en la mesa!

Aquella tarde no aprendí a manejar nuestro robot de cocina, pero descubrí una divertida forma de hacer que nuestros hijos, nos echen, de vez en cuando, una mano con las tareas del hogar…

¿Para qué necesito ahora un robot de cocina? 😉