No descubrí realmente las mieles de las artes culinarias hasta el día en que mi pareja llegó a casa cargada con una bolsa repleta de potitos de diferentes sabores y me dijo que había llegado el momento de introducir otros alimentos en la dieta de nuestro bebé. En algún lugar había escuchado que no era bueno alimentar a los bebés a base de potitos y en mi cabeza reinaba la idea de que no existía nada mejor que las papillas caseras de toda la vida. Así que cogiendo el toro por los cuernos y con voz de padre comprometido le dije a mi pareja: Juro que mi hija no tomará potitos mientras su padre viva en esta casa. ¡Olé! Con cara de enfado, le arranqué de las manos la bolsa de potitos, la escondí en el fondo de un armario y me senté frente al ordenador para ponerme manos a la obra.

¡Van a saber como me las gasto! Pensé orgulloso mientras tecleaba en el buscador de Google: “Como hacer papilla casera para bebe”.

Tras pasar por alto algunos resultados sobre como hacer papillas para los pichones de canarios encontré lo que andaba buscando.  Se trataba de un vídeo de Youtube en el que una señora a la que sólo se le veían las manos mostraba gran variedad de ingredientes exquisitamente ordenados, pelados y colocados en diferentes cuencos de cristal con la intención de enseñar a los padres “como realizar de manera sencilla una deliciosa papilla de pollo con verduras para tu bebé”. Pausé el video durante un plano general para comprobar si disponía de aquellos sencillos ingredientes en la nevera:

  • Una zanahoria
  • Una calabaza pequeña
  • Un muslo de pollo sin piel

Como de estos sólo disponía de zanahoría me puse la chaqueta y me bajé sin pensármelo dos veces al supermercado.

_ ¿Me puede poner un muslo de pollo sin piel?

Por la cara que puso la carnicera creí entender que mi demanda resultaba un tanto ridícula, así que corregí mi pregunta inicial añadiendo:

_ ¡Bueno! ¡Mejor póngame dos!

Le dije con cara de entendido en la materia y luego, para que no me quedara una compra desequilibrada decidí comprar también dos pequeños calabacines y volver corriendo a casa.

Mi pareja esperaba con la niña en brazos, pues por lo visto ya se acercaba su hora de comer y estaba empezando a inquietarse, así que puse de nuevo el  vídeo en marcha y la agradable mujer prosiguió con su paciente explicación. “Ahora ponemos el pollo durante veinticinco minutos en agua hirviendo”… ¡Un momento! ¿Veinticinco? dije en voz alta. Mi pareja entonces preguntó con tono desconfiado desde la salita: _ ¿Le falta mucho a esa papilla casera?

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El tiempo corría decididamente en mi contra, así que me puse manos a la obra con los siguientes pasos de la receta pelando la zanahoria y el calabacín todo lo mejor que pude. Tras hervirlo todo durante veinticinco minutos, la simpática señora me sorprendió vertiendo todo el contenido en una especie de vaso gigante montado sobre una base de metal ¡Un momento! ¿Qué era aquello? ¿Un robot de cocina? ¡Yo sólo disponía de una pequeña batidora! Pulsando durante algunos segundos el botón principal del aparato, la entrañable cocinera consiguió que la masa informe que formaban los ingredientes hervidos se tornaran en una suave crema de color verdoso que procedió a servir a modo de presentación en un plato decorado con ositos de peluche y caballitos de feria.

La comida de mi pequeña llevaba mucho tiempo de retraso y yo no hacía más que imaginarme la cara de disgusto de mi pareja, así que, ni corto ni perezoso volqué el contenido de la cazuela en el interior del vaso de la batidora y sujetándolo con firmeza me dispuse a reducir a papilla aquel revoltijo de carne con verduras. Ajuste la batidora a la máxima potencia y al apretar el botón y como si se tratara de un mortero del ejército, gran parte del contenido todavía caliente salió proyectado desde el interior del recipiente en dirección opuesta a la fuerza que yo realizaba con la batidora, salpicando  a su paso todo lo que se le cruzaba por el camino. Este inexplicable fenómeno me hizo reducir la potencia de la batidora a menos de la mitad con el fin de no tener que pintar de nuevo el techo de la cocina.

¿Papilla casera o Potitos?

Cuando por fin consideré que la mezcla estaba totalmente triturada, vertí mi obra maestra en un platito decorado con patitos de goma y pompas de jabón. ¡Ya me estaba imaginando la cara de admiración que iba a poner mi pareja!

Mi entrada en la sala de estar con el plato de papilla y la cuchara no fue exactamente como la había imaginado. Por lo visto, los restos de papilla resecos que salpicaban mi cara y gran parte de mi ropa le resultaron totalmente jocosos a mi pareja, que se revolcaba de risa por el suelo, mientras, la niña dormitaba plácidamente en su minicuna. En la mesita frente al sofá, la cara de un niño regordete impresa en la etiqueta de un pequeño potito de verduras casi vacío, me miraba fijamente con cara burlona.

La situación me molestó bastante y tuve la tentación de montar en cólera, pero en lugar de reaccionar como un crío, decidí sentarme en el sofá frente al tarro vacío de potitos y probar una cucharada de la papilla que yo mismo había preparado con todo mi amor. La verdad es que la repugnante apariencia de aquella pasta verdosa no tenía ni punto de comparación con su horripilante sabor y textura grumosa.
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¿Pretendía darle de comer aquello a mi querida hija? Entonces me di cuenta que en el fondo del tarro de potitos todavía quedaba algo de papilla, así que, con cara de asco decidí probar también una cucharada de aquel preparado industrial para compararlo con mi artesana creación. Mi primera sensación fue que la textura del potito era bastante más uniforme que la de mi papilla, y al degustarla con detenimiento comprobé que para no llevar nada de sal tenía un sabor bastante aceptable. Fue durante la segunda cucharada  cuando pude descubrir los matices de diferentes verduras y algo de carne, pero lo mejor vino cuando trataba de rebañar el fondo del tarro con la cuchara, pues descubrí que mi pareja me miraba con cara de asombro y confusión, entonces me metí la cuchara de nuevo en la boca y después de saborear su contenido con tranquilidad, me sentí en la obligación de confesarle a viva voz: Sí, ¿qué pasa? me gustan los potitos.

 

De todas maneras, si realmente la cocina no es lo tuyo estás de enhorabuena, pues una investigación realizada por el jefe de la Unidad de Nutrición y Metabolopatías del Hospital La Fe de Valencia en el 2012, concluyó que los potitos industriales y los purés caseros para la alimentación infantil tienen un perfil nutricional semejante. Así que deja de sentirte culpable y atiborra sin remilgos tu despensa de potitos.

 

Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

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