Como ya he comentado, mi hija tenía la fabulosa costumbre de meterle la mano en la boca a la persona que la cogía en brazos, lo hacía con cualquiera, conmigo, con mi pareja, con mi suegra… Luego por supuesto, se la volvía a meter de nuevo en su boca. Desde mi punto de vista se trataba de una especie de sistema para relacionarse con la gente, podríamos decir que era su manera de conectar. La verdad es que al final me producía un poco de asco que mi hija me metiera la mano en la boca, y no porque se la hubiese metido anteriormente en la suya, sino porque pensaba _¡Vete a saber a quién le habrá metido la mano en la boca antes! ¡Brrr!

Debido a esta manía suya era imposible no contagiarse de todos los virus y bacterias habidos y por haber. Lo curioso de todo es que ella no solía ponerse excesivamente malita, simplemente se le ponía la cara roja, las manos se le calentaban un poco más de lo normal y se quedaba un par de días aplatanada. Sin embargo, cuando pasaban un par de días desde el primer síntoma, a mi me empezaba a subir la fiebre de manera brutal y me ponía enfermo como no me había puesto en toda mi vida. ¡99 y medio!_ gritaba en voz alta al comprobar horrorizado la temperatura que marcaba el termómetro. Sin exagerar recuerdo haber llegado casi a tener cuarenta de fiebre.

Mi teoría es que los virus que iba recopilando mi hija mutaban en su interior dando lugar a nuevas versiones mucho más agresivas que me afectaban de manera directa. ¡Era matemático! Nunca he estado más enfermo que durante mi época de padre primerizo.os nos encontramos en la tesitura de tener que decidir, como si tuviésemos alguna idea, sobre cómo reaccionar durante las situaciones febriles de nuestro bebé.

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Mitos terroríficos sobre la fiebre

Durante mucho tiempo, bajar la fiebre ha sido casi un dogma de fe incuestionable en nuestra sociedad y aún lo sigue siendo para muchos de nosotros. Cuando la temperatura del termómetro se eleva, de manera amenazadora, por encima de los 37ºC nos lanzamos como locos a tratar de rebajarla a base de Dalsy (ibuprofeno) y Apiretal (paracetamol). Recuerdo cuando yo era niño y tenía fiebre alta, que mi madre me colocaba en la frente paños empapados en agua fría con vinagre para hacer que me descendiera la temperatura. Sufría de repetidas amigdalitis, y en ocasiones, hasta me sumergieron en la bañera con el agua helada y todo. Buena parte de la culpa de esto se debe a la existencia de algunos mitos terroríficos sobre la fiebre.

Uno de los más comunes y que a día de hoy todavía mis padres me recuerdan es el de que las fiebres elevadas pueden causar daños cerebrales graves e irreversibles a los bebés, cosa que según dicen los médicos no ocurre salvo a temperaturas por encima de los 42ºC.

El otro mito terrorífico es la supuesta capacidad de la fiebre para provocar graves convulsiones y que en la realidad, de producirse, son leves, suelen aparecer con fiebres bajas y no se consiguen prevenir con el tratamiento de la fiebre.

Por lo visto la fiebre no es más que un mecanismo de defensa de nuestro cuerpo y según nos explican los pediatras aparece como síntoma que nos alerta de que el bebé está sufriendo un proceso viral o está siendo víctima de algún tipo de infección bacteriana.

No hay nada peor que ver a tu bebé enfermo y los padres primerizos nos encontramos en la tesitura de tener que decidir, como si tuviésemos alguna idea, sobre cómo reaccionar durante las situaciones febriles de nuestro bebé.

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El fabuloso Sacamocos

Las fosas nasales de los bebés son un continuo manantial de fluidos viscosos. Los mocos van a ser una constante, probablemente, hasta los cinco o seis años de vida del bebé y lo mejor de  todo, es que hasta que no aprenda a sonarse solo, tu vas a ser el responsable de limpiarlos. Entenderás, entonces, por qué a los niños se les llama “mocosos”.

Cuando todo va bien y el moquito es claro y de apariencia líquida, basta con ir limpiándolo con un simple pañuelo corriente. Pero cuando empiece la temporada de constipados, vuestro pediatra os aconsejará que le practiquéis al bebé lavados y aspiraciones nasales periódicas, de dos a cuatro veces al día, según la cantidad de mucosidad. Entonces tú pensarás: ¿Eso se hará con una máquina, no? ¡Sí amigo! Vas a alucinar cuando descubras al imprescindible “sacamocos”, tu nuevo compañero durante los baños. Se trata de un pequeño recipiente de plástico transparente con una boquilla cuya finalidad es introducirse en la fosa nasal del bebé. Por el otro lado, sale un tubito de silicona por el que tendrás que absorber con todas tus fuerzas para extraer las mucosidades del interior de la criatura, teniendo en cuenta que la única separación entre los mocos y tu boca va a ser una ridícula esponjita que después del tercer uso sustituiréis por una bolita de algodón corriente.

Ha llegado el momento de tomar decisiones serias y de comportarse como un hombre de verdad. La salud de tu bebé es lo principal y debes mostrar seguridad en todos y cada uno de tus actos. Tu pareja te recordará que eres el fuerte de la casa y probablemente te pondrá la excusa de que ella no sabe absorber tan bien como lo haces tú. Así que pon a punto tu nuevo sacamocos, coge una gran bocanada de aire fresco y prepárate para recordar sabores de la infancia, esa bonita época en la que te comías los mocos.

Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

Edición impresa + Dedicatoria del autor

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