Capítulo 5: LA VIDA ES BELLA

12 de Enero de 2005

Hace ya varias semanas que perdí las ganas de escribir, pues todo el tiempo libre del que dispongo lo prefiero pasar con mi nueva familia. Y digo “nueva” porque ha cambiado todo en mi vida. Ha cambiado mi mujer, han cambiado mi padres, ha cambiado mi casa…. he cambiado yo…

Lo que antes era la casa de Rafa y Rut ahora es la casa de Mar. Lo que eran mis Padres ahora son un amasijo de babas que sólo piensan en su nieta. Rut y yo nos encontramos totalmente cambiados el uno al otro, pero creo que cambiados para bien.

Rut está disfrutando de un instinto maternal y una paciencia sobrehumana, da la sensación de que la maternidad a segregado en ella algún tipo de vitamina que le hace ser más fuerte y aumenta su resistencia física hasta niveles insospechados. Si embargo yo, digamos que soy el mismo frikie que era antes de ser padre y que estoy poniendo a prueba los límites de mi resistencia física un día tras otro.

Jamás pensé que el cuerpo humano, ¡bueno, el cuerpo humano no!, mi cuerpo, tenía tanta resistencia física, pues la paternidad asumida, exige estar disponible 24 horas al día siete días a la semana, ¡y Los fines de semana no se libra!

Antes, podías hacer algún esfuerzo extra durante la semana y pensar: ¡Tranquilo, que ya dormirás este fin de semana! Pero ahora ya no es así. Ni aprovechando cada rato que puedes para dormir eres capaz de recuperar el sueño perdido. ¿Cómo es posible que una personita tan pequeña sea capaz de suponerles tanto esfuerzo a dos personas adultas?

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Desde hace un par de semanas me remuerde bastante la conciencia y temo desilusionar a más de uno cuando lea lo que voy a contar. Me es duro decirlo y me lo he pensado muchas veces antes de contarlo, pero en fin… allá va: He dormido varias noches en la habitación de invitados.

Sí, así es. Siento decepcionaros. Al principio creí que podría acostumbrarme al ritmo de dormir cada dos horas y media, pero he descubierto en mis carnes que la falta de sueño y el cansancio te hacen perder el contacto con la realidad. Es decir, que hay momentos en los que no sabes si estás despierto o estás dormido. Que te pasas la salida de la autopista si vas conduciendo y tienes que retroceder 22 km para llegar donde querías. Que no sabes en qué hora del día vives y empiezas a ser incapaz de recordar cosas sencillas.

Te quedas dormido en cualquier ocasión y aprovechas cualquier reposacabezas para cerrar los ojos. Así que por todo esto y porque tengo que conducir todos los días casi una hora para ir a trabajar he llegado a la cobarde conclusión de que necesito dormir sea como sea, ¡como mínimo seis horas seguidas! Así que desde hace unos días, tras la toma de las 12:30, cojo mi almohada, mis tapones para los oídos y mi orinal, me encierro en la habitación de invitados y me desmayo saboreando de nuevo lo que son seis horas seguidas de sueño… ¡¡¡yeaaaaah!!!

Sé lo que estaréis pensando todos, sé que mi posición en el ranking de padres metrosexuales habrá descendido hasta quedarme a la altura de “padrecillo del montón”. Pero para que os hagáis una idea de lo que produce la falta de sueño, el otro día, sin ir más lejos, llamé a Rut a eso de las 12:15 del medio día desde el trabajo, para ver cómo iba todo. Cuando descolgó el teléfono, su voz parecía como de recién levantada, cosa que no me sorprendió, lo malo fue cuando le pregunte por la niña y ella me contestó:

– ¿La niña? ¿Dónde está la niña?

¡Imaginad mi cara cuando la oí decir eso!

– ¡Rut! ¡Por favor! ¿Cómo que dónde está la niña? – Dije asustado.
– ¡Espera! ¡Ahora te llamo!

Creo que Rut no tardó ni un minuto en devolverme la llamada, pero ese minuto, a mí, me parecieron horas.
Cuando me llamó de vuelta, me dijo que la niña estaba en su cuna durmiendo y que había sido un “lapsus” por culpa de la falta de sueño.

La última novedad que os puedo contar sobre la niña, es que después de dos meses de vida, ya empieza a esbozar sonrisas. Es un estilo de “sí pero no”.
Me explico:

  1. Papá le hace una tontería a la nena y la nena sonríe.
  2. Papá sobresaltado redacta una nueva teoría: “Si dices la palabra PO abriendo mucho la boca la nena sonríe”.
  3. Papá pone en práctica su teoría comprobando que da el resultado esperado.
  4. Papá corre a avisar a Mamá que está con unas amigas.
  5. Papá enuncia su nueva teoría y comienza a gesticular y balbucear delante de la niña.
  6. La niña, (que es más lista de lo que pensamos), comienza a hacer pucheritos para terminar llorando como si estuvieran clavándole alfileres debajo de las uñas.

Papá desesperado por su fracaso intenta formular nuevos teoremas y poner en practica nuevas variantes como “PA”, “PI”, “PE”, “PIO” consiguiendo enfurecer más a la nena y provocando la burla fácil de mamá y sus amigas.

Por otro lado, no estoy muy seguro de que la niña tenga claro que somos sus padres. De hecho creo que para ella soy “El señor que llega tarde a bañarme y me saca los mocos” y Rut es algo así como “La Central lechera Asturiana”… De alguna manera nos sentimos como si la niña no apreciara todo lo que estamos haciendo por ella, o como si no estuviera del todo satisfecha con el trato recibido. Por ese motivo nos excita tanto cualquier muestra de afecto o cariño que podamos intuirle. ¡Oye! ¡Que nosotros también tenemos nuestro corazoncito!

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Buscándole el lado positivo, la paternidad nos está enseñando a disfrutar de la vida ¿no? “Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Ahora apreciamos el doble poder ver una película entera, poder cenar juntos charlando tranquilamente, salir a dar un paseo se convierte en un placer y no te quiero contar nada si además te puedes parar a tomar una cerveza en una terracita al sol… ¡Esto es vida!, piensas.

Una cosa que me resulta curiosa es que tendemos a juntarnos con personas que están en nuestra misma situación o lo han estado recientemente. Al principio está genial, porque te sientes comprendido, escuchado y sobre todo dejas de sentirte un neuras. Pero poco a poco empiezan las irremediables y odiosas comparaciones:

“¡Pues la mía ya duerme toda la noche!”, “Pues el mío ya toma biberón”, “Pues el mío a la edad de la tuya ya decía ‘papá’ “….

Luego tu llegas a casa y te obsesionas pensando en qué estarás haciendo mal, en por qué tu nena no dice todavía ‘papá’ y la de ellos ya sabe latín…

Pero sin lugar a dudas, lo que peor llevo, es cuando las conversaciones giran en torno a las cacas. No sé, me da la sensación de que si eres padre todo vale: da igual si estás rodeado de gente o si te estás metiendo una cucharada de paella en la boca, que cualquier momento es bueno para explicar el color de la caca de tu hijo, o sino para hablar de enfermedades, ulceraciones o irritaciones de cualquier parte del cuerpo. ¿No hay unas normas para esto? Creo que debería haber alguna ley que regulase este tipo de situaciones. Por el bien de todos ¿No creéis?

En fin, para terminar os voy a contar una divertida anécdota con la que me ha sorprendido hoy mi compañero de trabajo.

Estábamos Diego y yo hablando sobre “El ratoncito Pérez”, y Diego me contó que a los siete años, hurgando en la mesilla de noche de su madre, encontró todos sus dientes dentro de un pañuelo y los de su hermano mayor dentro de otro. Entonces, fue corriendo a la cocina donde estaba su madre y le dijo:
-¡Ajá! ¡Ya sé quien es el Ratoncito Pérez!
– ¿Quien es, hijo mío? – respondió la madre sintiéndose cazada.

Dieguito dudó un momento antes de contestar y con voz nerviosa le contestó.
-¡Tú! ¡He encontrado los dientes en el cajón de tu mesilla de noche!

La mamá de Dieguito, con voz calmada le contestó:
– Pues mira, sí, me has pillado, soy yo.

Dieguito entre indignado y confundido le preguntó:
– ¿Y cómo haces para ir a casa de todos los niños?

Memorias de un padre primerizo

Extracto del libro: “Memorias de un padre primerizo”. Editorial Círculo Rojo. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados. - 52 páginas y 12 ilustraciones.

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