Una de las cosas que más he echado de menos durante la paternidad ha sido poder usar mi bidet, ya que al nacer la niña tuvimos que hacerle hueco a una majestuosa bañerita de color verde chillón en nuestro diminuto cuarto de baño.

Al principio probamos con una sencilla bañerita de plástico que se introducía en el interior de la bañera. Parecía lo más lógico, pues resultó ser relativamente barata y al ocupar el mismo espacio que la bañera no nos restaba un espacio adicional en el baño. Nuestras expectativas se fueron por tierra cuando bañamos por primera vez a la niña y descubrimos que este tipo de bañera nos obligaba a permanecer de rodillas durante todo el proceso del baño.  Esto nos llevó a adquirir una bañerita-cambiador en toda regla, con sus patas de alumninio y todo. Cuando la vimos en la tienda me pareció una idea fantástica, pues la bañera se tapa con una pieza que hace de cambiador y nos iba a permitir vestir y desvestir a la pequeña sin tener que doblar la espalda. Mi única duda era la ubicación de aquel enorme artilugio. Yo pensé que la íbamos a colocar en su habitación, pues era el lugar ideal por la cantidad de espacio que necesitaba, pero no había tenido en cuenta que la bañera debía colocarse cerca de un grifo y de un desagüe, de manera que mi pareja lo tuvo claro:

_ Cabe perfectamente si la colocamos en nuestro baño sobre el bidet. Pues podemos llenar la bañera con el mango de la ducha y utilizar el propio desagüe del bidet para vaciarla.

A lo que yo respondí timidamente:

_ Pero… entonces, ¿ya no podremos utilizar el bidet?

_ No, pero no pasa nada – me contestó – en casa nadie lo usa…

De esta manera aprendí a utilizar las toallitas de bebé para mi higiene íntima hasta que no retiramos aquel artefacto de nuestro cuarto de baño.

La hora del padre

El ritual del baño tiene algo que me fascina, pues además de suponer una medida básica de higiene diaria, supone también una herramienta fantástica para la introducción de rutinas en la vida del bebé y para reforzar el débil vínculo paterno-filial.

Desde el principio, y alentado por nuestra encantadora pediatra, decidimos que la hora del baño iba a ser considerada como la hora del padre, ya que por culpa de mi trabajo me perdía gran parte de las tareas cotidianas que mi pareja disfrutaba con la niña. De hecho, en la mayoría de ocasiones, cuando llegaba a casa, mi mujer me estaba esperando en la puerta para endosarme a la pequeña diciendo: ¡Ale! ¡Te toca! … No me dejaba siquiera quitarme los zapatos.

El baño, según nuestra pediatra, era el momento ideal para relajar a la bebé y prepararla para la noche.

[the_ad_group id="368"]

[the_ad_group id="369"]

Mi ritual del baño diario

  1. Antes de desvestir a la niña precalentaba el baño con un calefactor eléctrico hasta que yo pudiera sentirme cómodo con el torso descubierto dentro del baño. Algunos amigos me contaron que tenían un termómetro para no tener que utilizar este rudimentario método y que la temperatura adecuada oscila entre los 23 y los 25 grados.
  2. Mientras se calentaba la estancia llenaba la bañera con agua tibia hasta que alcanzaba aproximadamente la temperatura corporal del bebé. Para ello utilizaba un termómetro de baño que nos regaló mi madre. Esta nos contó que utilizar el codo para comprobar la temperatura del agua no era seguro, y que una amiga suya descubrió que su codo era totalmente insensible tras escaldar en la bañera a su bebé. (La temperatura correcta oscila por lo tanto entre los 35 y los 37 grados).
  3. Para crear una atmósfera aún más cálida instalé una lamparita de noche en el baño, de esta manera podía apagar los focos halógenos del techo que apuntaban directamente a la cara de la niña cuando estaba tumbada. Luego durante el baño le susurraba canciones o le contaba cosas de mi día a día como si pudiera entenderme.

Mi inseguridad y el miedo a que la niña se pudiese ahogar hicieron que utilizara una hamaca de baño en el interior de la bañerita, permitiéndome además utilizar las dos manos durante toda la operación.

Y para terminar…

¡Un masajito y listos!

La pediatra nos recomendó también incorporar un masaje a la rutina de nuestra pequeña. Así que, con un chorrito de aceite de almendras y con las manos precalentadas friccionando una mano contra la otra, finalizaba la sesión proporcionándole a la sultana de la casa un delicioso masaje que empezaba por las piernas, continuaba por los brazos y el abdomen y terminaba en su pequeña espalda. La finalidad de estos masajes es básicamente la hidratación y relajación del bebé, por lo que no hay que apretar en ningún momento ni friccionar su cuerpo con fuerza. Tampoco hay que masajearle las palmas de las manos, pues según nos dijo la pediatra de esta manera se activa su reflejo de presión y se consigue el efecto contrario al que pretendemos conseguir.

 

No sé en que momento eliminamos de nuestras vidas la increíble rutina diaria del baño. Estoy seguro de que si a todos nosotros, a día de hoy, alguien se encargara de desnudarnos todas las tardes a la misma hora, sumergirnos en agua tibia, susurrarnos dulces canciones, mimarnos y masajearnos sin cobrarnos nada a cambio, terminaríamos por convertirnos, con total seguridad, en mejores personas de lo que ahora somos.

 

 

Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

Edición impresa + Dedicatoria del autor

14,16€

e-book

8,07€