A los ocho meses de nacer nuestra hija, los amigos de la pandilla organizaron una de nuestras habituales comidas en un restaurante que yo aun no conocía. Fuimos los primeros de nuestro grupo de amigos en tener hijos, así que me sentí en la obligación de avisar:
_ Oye, nosotros iremos con la niña, ¿habrá algún problema?
_ ¡No, no! ¡Para nada! ¿Qué problema puede haber? – Dijo el organizador de la comida – ¡seguro que el sitio os encanta!

Y vaya si nos encantó, me encantó tanto que no me lo podía creer… El comedor del restaurante tenía aproximadamente las mismas dimensiones que el comedor mi casa, y en su interior habían distribuido aproximadamente catorce mesas, dos de las cuales, situadas en el centro de la sala, eran las reservadas para nuestro grupo. El espacio entre mesa y mesa era el justo para que cupieran dos comensales sentados sin tocarse una silla con la otra y el volumen de las conversaciones era tan alto que podías escuchar perfectamente cualquiera de ellas sin tener que levantarte del asiento.

Así que allí aparecimos nosotros con nuestro carrito formato monovolumen pidiendo uno por uno a todos los comensales de la sala que se levantaran para dejarnos llegar a nuestro sitio. El lugar era tan estrecho que nos vimos obligados a sentar a la niña en nuestros brazos y plegar el carro y meterlo debajo de nuestras sillas. Habíamos traído nuestra silla plegable para sentar a la niña en la mesa, así que retiramos todas las copas, platos y cubiertos en 60 cm a la redonda de su sitio y le pedimos al camarero que nos calentara un potito.

Mientras todos se dedicaban a charlar animadamente yo me dediqué a darle de comer a la niña, y al terminar, se la pasé a mi pareja para que le hiciera echar los aires. No sé si fue por la acústica del local o por la velocidad a la que había ingerido la niña la comida, pero aquel eructo resonó estruendosamente por toda la sala. ¡Menudo eructo de camionero! Os podéis imaginar las miradas del resto de comensales, a algunos parece que les hizo gracia la situación, pero al resto, por lo visto, no les hizo ninguna.

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Aquí no quedó todo, pues el estómago de mi hija funciona como un reloj suizo y tiene la bonita costumbre de defecar regularmente después de cada comida. Así que decidió dejarnos uno de sus hermosos paquetes bomba entre el primer y segundo plato. Mi pareja y yo nos vimos apuradísimos, pues no había un lugar minimamente escondido donde poder cambiarle el pañal a la niña sin hacer de aquello otro espectáculo público. Nuestro amigo el organizador detectó algo raro en la expresión de nuestras caras y nos preguntó si nos ocurría algo.

_ Es que la niña se ha hecho caca y no tenemos un lugar donde cambiarla. Los baños son diminutos y el carrito no cabe en ningún lado. – Le dije con tono preocupado.
_ ¿Por qué no la cambiáis encima de la mesa? – dijo mi amigo de manera totalmente inconsciente – es lo más normal del mundo – añadió.

En un principio la idea me pareció del todo descabellada, pero al mirar a mi pareja, creí leer un mensaje en sus ojos, algo apreciable únicamente después de muchos años de convivencia y complicidad. Sus ojos me dijeron claramente: “Adelante campeón, ellos se lo han buscado”. Con lo que yo, ni corto ni perezoso, saqué nuestro cambiador portátil y tras apartar los platos y cubiertos me dispuse a cambiarle a mi hija el pañal.

La mirada de los presentes se volvió todo un poema, pues ninguno de nuestros amigos se podía imaginar lo que esta encantadora personita con aroma a Nenuco era capaz de esconder en el interior de su estómago. Por supuesto, pude escuchar de nuevo los comentarios y las críticas del resto de comensales, de manera que en cuanto acabé de vestir a la niña y mirando de nuevo a mi pareja dije en voz alta:

_ Creo que nosotros ya nos marchamos ¿no?

Mi pareja asintió con la cabeza, así que empezamos a despedirnos de todos, y al llegar a mi amigo el organizador y tras darnos un fuerte abrazo me dijo:
_ Oye, siento que os tengáis que ir tan pronto. La comida ha estado bien, ¿no?

A lo que yo le contesté:
_ ¡Qué ganas tengo de que seas padre, mamonazo!

El restaurante ideal

Tus necesidades han cambiado de manera radical, y tus prioridades en este momento de tu vida probablemente ya no sean las mismas de antes. Las ocasiones que surgen durante el fin de semana para salir con tu pareja y con tu bebé deberían de ser lo más satisfactorias posibles para los tres, con lo que tendréis que poneros a buscar nuevos lugares que frecuentar.

Nosotros descubrimos nuestro lugar ideal por pura casualidad. Como ya he contado en alguna ocasión, mi hija lloraba muchísimo y le costaba una barbaridad dormirse. Lo único que le relajaba era que la sacáramos a pasear o que la zarandeáramos sin descanso. Aquel día estábamos utilizando la opción del paseo y nuestra intención era aprovechar su siesta para poder comer juntos tranquilamente.

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El azar hizo que la niña se quedara frita justo en la puerta de un local con dos grandes toneles de vino franqueando el acceso. Por lo visto habían abierto un nuevo restaurante en nuestro barrio y nosotros no nos habíamos enterado. Era pronto, así que abrí un poco la puerta y le pregunté al chico que había detrás de la barra si sería posible que nos hiciera cualquier cosa para comer, y nos explicó que acaban de abrir hace dos días y que ni siquiera habían tenido tiempo de colocar el cartel de restaurante. El local era fresco y luminoso, la decoración era acogedora y el que resultó ser el dueño nos acomodó con amabilidad en una mesa junto a un amplio espacio resguardado donde pudimos dejar a la niña dormida en el carrito.

Le contamos nuestra situación y le ofrecimos la opción de sorprendernos con lo que él considerara mejor. Amablemente nos sugirió un vino tinto crianza, una ensalada de la huerta y un variado de carne de presa especialidad de la casa. Como entrante nos sacó un plato de queso curado que en combinación con el vino se tornó en un auténtico manjar de los Dioses. No lo podía creer, todo me sabía delicioso, mi pareja se veía relajada y la niña dormía como una bendita. Estaría dispuesto a pagar lo que fuera por hacer que aquella comida se prolongara por un par de horas.

Todo fue fantástico, así que después de tomar un postre delicioso y un café, imagino que influenciado por el cansancio acumulado y algo por el vino, cuando se acercó el dueño a preguntarnos que tal habíamos comido, no pude evitar contestarle con los ojos enrojecidos por la emoción:

_ Tío, ¡ha sido una experiencia religiosa!

Desde entonces aquel lugar se convirtió en nuestro lugar ideal, al que desde entonces acudimos cada vez que queremos darnos un pequeño homenaje. ¿No todo tiene que ser sufrir, no?

Salir a comer con un bebé no es una tarea sencilla, por ello te dejo estos tres consejos que a mi me han resultado gran utilidad:

  • No dejes elegir el lugar de la comida a una persona que no tiene hijos.
  • Elige lugares amplios y trata de llegar a ellos con el bebé dormido.
  • Y por nada del mundo, quedes con personas con hijos maleducados. ¡Que tú ya tienes bastante con lo tuyo!
Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

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