Sí, amigo, nos toman el pelo. Es imposible que un ser humano de tamaño tan reducido necesite de tantos artilugios y cachivaches para llevar una vida normal. ¿Cómo es posible que haya tanto negocio alrededor de los bebés? Tiendas especializadas, revistas, blogs… En todos ellos se nos presentan millones de productos que resultan ser imprescindibles para la supervivencia de los recién nacidos. Los padres primerizos, guiados por nuestra total inexperiencia, caemos en las manos de vendedores experimentados o sabios consejeros sin escrúpulos que nos hacen invertir gran parte de nuestro dinero en objetos que terminan por tener una escasa utilidad o su tiempo de uso es extremadamente reducido para el provecho que le terminamos sacando.

El Doctor Spengler

En mi época de padre primerizo llegué a la conclusión de que tras este mercado inagotable de productos para la infancia existía algún tipo complot. Durante meses desarrollé una estructurada teoría conspiratoria en la que imaginaba al responsable de todos estos artilugios espiándonos a través de pequeñas webcam, ocultas de manera estratégica en los lugares de venta y partiéndose de risa cada vez que un padre primerizo adquiría uno de sus inútiles productos. _ ¡ja,ja,ja! ¡Otro bobo que compra el “chorongueitor”! – Me lo imaginaba tan claramente que terminé bautizándolo como “Doctor Spengler”. Este se reunía una vez a la semana para tomar el té con los dueños de otras grandes empresas reconocidas a nivel mundial y en sus sesiones vespertinas diseñaban juntos nuevos productos con los que reírse a costa de los ilusos compradores. Además siempre los imaginaba rascándose la espalda con estupendos rascadores de marfil. Creo que una vez, vi un rascador de marfil en casa de mi tía “la rica”. Para los que no sepáis a qué me refiero, se trataba de un bastoncito de madera noble rematado en uno de sus extremos con una manita tallada en fino marfil en pose de rascar. Desde entonces, siempre que pienso en una persona adinerada, me la imagino rascándose la espalda con uno de estos fabulosos rascadores.

El negocio del Doctor Spengler; ¡que mala leche tiene!

La invención del sacamocos

El Doctor Spengler es responsable de algunos productos que ya he comentado anteriormente, entre ellos el sacamocos. El día que inventaron el sacamocos, todos los asistentes a la cita semanal propusieron idear algún tipo de motor que succionara las mucosidades. De esta manera, el padre primerizo no tendría que correr el peligro de aspirar accidentalmente ningún tipo de mucosidad, pero fue el genial doctor el que paró los pies al resto. ¿Y por qué no le ponemos un tubito de silicona y que haga el padre el trabajo sucio? ¿Os imagináis lo que nos vamos a reir? A todos les pareció una estupenda idea, e incluso alguno de ellos le felicitó diciendo: ¡Hay que ver que mala leche tienes, Spengler!

Boceto de Sacamocos

El vigilabebés con cámara

Otro de los grandes éxitos del Doctor Spengler es el rediseño del fantástico y funcional vigilabebés. La versión inicial consistía en una pareja de walkie talkies de los cuales uno hacía únicamente de emisor y otro de receptor. Esto le permitía a los padres dejar el emisor junto a la cuna del bebé y poder por ejemplo ir a cenar tranquilos a la cocina llevándose el receptor por el que se escuchaba cualquier llanto o sonido anómalo que se produjera en la habitación de la criatura. El producto cumplía su función a las mil maravillas, y permitía a los padres estar algo relajados durante las siestas del bebé. Según parece, esto no le divertía al Doctor Spengler, así que se le ocurrió rediseñar el producto añadiendo una cámara de visión nocturna. Con esto consiguió, por un lado duplicar el coste del producto y por otro, hizo que los padres, en lugar de estar relajados cenando o viendo una película, se pasasen la velada sin quitarle el ojo a la cámara de vigilancia. ¡Todo un maestro, Doctor Spengler! ¡Hay que ver qué mala leche tiene!

¡Una caja!

Mi hermano pequeño se moría de ganas de ser el primero en entregarle a su sobrina el regalo de cumpleaños. Salió del coche cargando una enorme caja envuelta con papel de regalo y decorada con un lazo rojo y una pegatina con el texto de “Felicidades” que sujetaba una piruleta con forma de corazón. Todos aplaudimos emocionados, ¡menudo regalazo! Mi hermano dejó el enorme regalo frente a la niña, que estaba sentada en la alfombra metiéndose, como siempre, la mano en la boca. La pequeña, al ver aquel enorme paquete reaccionó como se puede esperar de cualquier bebé, se sacó los dedos de la boca y se dispuso a probar el papel de regalo. Antes de que comenzara a chupar, mi hermano y yo le ayudamos a abrir el regalo, que se trataba, ni más ni menos, de un estupendo coche de carreras antiguo adaptado con pedales y asiento para ser pilotado por bebés. A todos nos pareció fabuloso, y no tardamos ni un segundo en subir a la niña en el coche y hacerle una completa sesión de fotografías. Al rato, cuando ya estábamos sentados en el sofá nos dimos cuenta que charlando, charlando, habíamos perdido de vista a la niña.

_ ¿Dónde está la peque? – preguntó mi pareja.

Yo me levanté rápido del asiento y le di un vistazo rápido a la sala de estar. Sobre la alfombra seguía inmóvil el flamante coche nuevo, pero al lado de uno de los sofás y junto al montón arrugado que formaba el papel de regalo, algo se movía en el interior de la caja del coche. ¿Cómo es posible? – dije – ¡La niña no le ha hecho ni caso al coche y está jugando dentro de la caja!
Pensamos que esta situación cambiaría con la edad y que tarde o temprano acabaría prestándole a aquel coche la atención que se merecía, pero no fue exactamente así, pues para cuando intentó ponerse a conducirlo, las piernas ya no le entraban dentro. ¡Se le había quedado pequeño!

Algo parecido nos sucedió con un juguete que le regalaron a la niña para distraerse en la bañera y consistía en un montón de toboganes, ruedecitas y otros accesorios que se ensamblaban unos con otros formando una especie de mini parque acuático en el interior de la bañera y por el que podías deslizar a tres pequeños pingüinos de goma ataviados con flotadores y bañador. A simple vista me pareció una idea genial, y dejó de parecérmelo tanto en cuanto me dispuse a montar todo aquello media hora antes del baño, pues fue mucho más complicado de lo que me imaginaba. Cuando lo tuve terminado y metí a la niña en la bañera le demostré lo divertido que resultaba aquella estructura lanzando a uno de los pingüinos por el tobogán principal. La niña con curiosidad cogió al pingüino que flotaba en el agua y sin pensarlo dos veces se lo metió en la boca… ¡Pero bueno! ¿Quieres dejar de meterte las cosas en la boca?.
El resto del baño me lo pasé yo jugando con los pingüinos mientras ella miraba. No le hizo ningún caso y lo peor de todo es que por lo visto, no lo enjuagué bien al vaciar la bañera y me lo encontré, al día siguiente recubierto de una película viscosa que habían formado los restos de jabón y tuve que desmontarlo todo y meterlo en el lavavajillas. Por supuesto, ya nunca más volví a montar aquel derroche de diversión.

Si algo he aprendido en todo este tiempo es que hay un regalo que siempre sorprende a mi hija, le alegra de sobremanera y fomenta su inagotable creatividad. Si quieres sorprenderla el día de su cumple haz como yo y agenciate la caja de una nevera, de una lavadora, o incluso una de zapatos. (y gritara: ¡un palo!… que diga… ¡una caja!) ¡Éxito garantizado!


Vídeo que aparece en el artículo: Memorias de una caja de cartón

 

Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

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