A todos nos llega, decían. A todos los hombre les llega su momento. Por lo visto llegas a una edad en la que te florece el instinto paternal, sí, igual que te salen los pelos del sobaco o te despiertas una mañana sorprendido con un enorme pelo en la barbilla. Algunos dicen que depende de la edad, que cuando pasas de los 35 te entran unas ganas locas e irrefrenables de ser padre y tener hijos. Otros, mucho más románticos, por el contrario, defienden que se pone en marcha un cronómetro biológico dentro de cada hombre una vez que este encuentra a la mujer de su vida, y que de alguna manera mágica y totalmente sorprendente se acelera si formalizas tu relación por medio de un matrimonio o cualquier otro tipo de festejo.

No, he de reconocer que yo no tenía ninguna necesidad biológica de tener descendencia, no había nada en el planteamiento de tener hijos que me hiciera pensar que mi vida iba a ser mejor en ninguno de sus aspectos.

El día que mi pareja y yo decidimos lanzarnos a la aventura de tener hijos, descubrí que estábamos hablando de cosas totalmente distintas:

  • Para mi fue como decidir a que lugar nos íbamos a marchar de vacaciones el próximo verano, me sentí valiente y maduro por haber sido capaz de afrontar ese paso sin dudar y acto seguido me puse a buscar una buena peli entre los 23 canales del televisor.
  • Para ella, fue un momento mágico e irrepetible. Me abrazó con fuerza, se apartó de mi sujetándome por los hombros y sin decir nada y con lágrimas en los ojos lanzó un gran suspiro mezcla de felicidad y emoción. Me besó como hacía tiempo que no lo hacía y se fue corriendo a llamar por teléfono a su madre para contárselo todo.

No soy un tío que destaque por ser demasiado espabilado, pero en ese momento detecté que había algo que fallaba. Parecía que nos hubiesen invitado a cada uno a una fiesta totalmente diferente.

Desde aquel día mi pareja empezó a comportarse de manera extraña pero, empecé a preocuparme cuando la periodicidad de nuestras relaciones sexuales empezó a verse influenciada por los ciclos de su menstruación.

El “Sistema Copulator”

Según me explicaba, había leído que existían unos días más propicios que otros para concebir al futuro bebé, y que según estos contrastados estudios teníamos que copular una o dos veces antes de que se produjese la ovulación y otra vez el mismo día que esta se estaba llevando a cabo. Según sus cálculos esto sucedía 13 días antes de que le viniera el periodo.
Así que tras imputar en mi cabeza todos aquellos datos y resolver algunas operaciones matemáticas mentalmente, llegué a la conclusión de que todo lo que aumentara mis probabilidades de tener relaciones sexuales iba a ser bien recibido por mi parte, por lo que decidí bautizar al nuevo sistema como el “Sistema Copulator” y le dije que me ponía en sus manos para alcanzar con éxito nuestra nueva meta común.

Lo que en un principio me parecía un plan prometedor me acabó resultando un poco frustrante. Pues el hecho de programar la periodicidad de nuestras relaciones sexuales con el “Sistema Copulator” tuvo sobre mí un efecto inesperado. Saber que “la cosa” iba a suceder sin ningún tipo de riesgo ni lucha por mi parte hizo que parte del juego ya no tuviera la misma gracia. Era como si estuviera participando de delantero centro en un partido de fútbol sabiendo que el equipo contrario se iba a dejar marcar todos los goles.

¡Pero bueno! ¿Porqué es todo tan complicado?

Lo peor de todo, fue que tras el primer mes infructuoso de practicar el infalible sistema y con la decepcionante llegada de la menstruación ella añadió una particularidad más en el sistema. Sí, justo cuando terminábamos “el acto”, en ese momento mágico al que vulgarmente se le llama el “momento del cigarrillo”, le daba por levantar las piernas formando un ángulo recto con la espalda y dejarlas apoyadas sobre la pared.

_ ¿Qué haces? – le pregunté yo extrañado.
_ Nada, es que tengo las piernas un poco cargadas… – me respondió ella mientras se masajeaba las piernas con las manos.

Al cabo de unos días me confesó que en la página web del “Sistema Copulator” recomendaban esta postura para aumentar las posibilidades de que un óvulo quedara fecundado por la fuerza de la gravedad… ¿Qué? ¿La fuerza de la gravedad? ¡Esto era lo que me faltaba escuchar! En ese momento empecé a sentirme utilizado, imaginé que mi pareja sólo me veía como un pene y unos testículos con patas, ¡yo para ella no era más que una mera herramienta reproductiva! ¿Nos estamos volviendo locos?¿Dónde ha quedado el amor, el romanticismo y todo lo demás? ¿Esto significa ser padre? ¿Convertirse en un pene con patas?

Tras una larga charla y algunos arrumacos decidimos abortar el “Sistema Copulator” y dejar en manos de la casualidad que la magia de la fecundación se llevara a cabo de manera totalmente imprevista y natural.

Yo pensé que sería de esos machotes que donde “pone el ojo pone la bala” y en un par de semanas la cosa iba a quedar resuelta, pero para mi desilusión y desgarrando por completo mi orgullo varonil, todavía tardé ocho meses en alcanzar “el objetivo” propuesto, y lo más curioso de todo, es que la fecundación se llevó a cabo en un mes en el que nuestros trabajos nos absorbieron mucho más de lo normal.

Dejamos de obsesionarnos con la búsqueda del bebé y por algún extraño motivo, no me preguntéis porqué, en mi cabeza empecé a sentir que quería de verdad ser padre.

 

Dibujando “el sistema Copulator”:

Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

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