A mi y a mi pareja nos encanta el campo, de hecho, éramos de esos a los que les gustaba coger la tienda de campaña y la mochila con algunos bocatas y salir el viernes por la tarde a pasar el fin de semana perdidos por la montaña. ¡Tendríais que verme ahora! ¡Con lo que yo he sido!… Yo era capaz de sobrevivir tres o cuatro días solo por el monte con la única compañía de una navaja desafilada, una caja de cerillas y un pedazo de hilo de pescar. ¡Frank de la Jungla parecía un aficionado a mi lado!

Su primera salida al campo

No podíamos perder nuestra esencia de montañeros, así que en cuanto la niña dio sus primeros pasos nos dispusimos a prepararlo todo para llevarla por primera vez a la montaña. Me moría de ganas por ver su cara al encontrarse en plena naturaleza.

Lo primero que hicimos fue agenciarnos una mochila de montaña para cargar con el bebé. Conocía la existencia de este tipo de mochilas porque me había cruzado en varias ocasiones con montañeros que las usaban para transportar a sus hijos por los Pirineos. Yo tenía clarísimo que me iba a comprar una en cuanto tuviera un hijo, me parecía algo fuera de serie. Por suerte, unos amigos nos prestaron una que ya no usaban y no la tuvimos que comprar, estaba nueva y yo me moría de ganas por estrenarla con la niña.

Habíamos decidido salir a pasar el día por el desierto de las Palmas, que es un paraje natural de Castellón al que se puede acceder en tan solo 25 minutos con el coche desde nuestra casa. Pensábamos dejar el coche en un lugar céntrico del paraje y nuestra intención era caminar como máximo diez kilómetros. (cinco de ida y cinco de vuelta). Yo me encargué de preparar la comida para mi pareja y para mi, y ella se encargó de preparar las cosas para la niña. Cuando me avisó de que ya lo tenía todo listo no me lo pude creer, la entrada de casa estaba repleta de bolsas, maletas y de mochilas. Parecía como si nos fuésemos a marchar un mes de acampada.

_ Pero… ¿Tú sabes que vamos solamente a pasar el día, no? – Le pregunté a mi pareja.

_ ¡Claro! Solo he cogido las cosas imprescindibles y algunos “porsis” – me dijo ella.

Intentar hacer una excursión con aquella cantidad de bártulos a cuestas iba a ser algo imposible. ¡Además teníamos que cargar con la niña!

Así que tras soltar un largo suspiro, me dispuse a revisar todo aquello y tratar de comprimirlo en solo dos mochilas. Después de discutir largo y tendido con mi pareja terminamos cargando cada uno con dos mochilas y dejando el resto de “porsis” en el coche. Ya lo dije yo en su día, ¡tendría que haber comprado un trailer en lugar de un coche!

Al llegar al paraje, cargué con mucha ilusión a la niña en la mochila, ajusté todos los correajes, me puse la otra mochila en el pecho y emprendimos la marcha por un sendero que ya conocía. Mi primera sensación es que la mochila me pesaba demasiado, y pensé que podía deberse a la falta de costumbre. Luego me di cuenta de que la niña se balanceaba con cada paso que daba, lo que hacía mucho más incómoda la carga. Paré para comprobar si llevaba bien sujeta a la niña y pude comprobar que se había quedado profundamente dormida y por eso su cuerpo se balanceaba de aquella manera.

Hacía mucho calor y el peso de las mochilas y la niña hicieron que el paseo no nos resultara tan agradable como en otras ocasiones, de hecho quella excursión supuso una de las  más duras de toda mi vida como montañero. El balanceo del cuerpo y el peso de la niña hizo que se me hincharan muchísimo las rodillas y tuve que ponerme hielo durante los tres días siguientes a nuestra excursión. La niña disfrutó, claro que disfrutó, pero igual que disfruta cuando la llevamos a comprar a la frutería pero mi pareja y yo llegamos al coche después de tres horas de excursión totalmente derrotados.

Algunos días después le devolvimos muy agradecidos la mochila a nuestros amigos y ellos insistieron en regalárnosla. Yo les di las gracias de todo corazón y les conté lo complicado que resultaba salir a la montaña con un bebé. También les hablé del peso de la niña y la inflamación de mis rodillas, así que al terminar, mi amigo me dijo con tono de burla y desprecio: ¡Menudo montañero de pacotilla estás hecho!

Después de aquella pequeña escapada decidimos no volver a salir al campo con la niña hasta que fuera un poco más mayor, por lo menos hasta que pudiera andar ella solita y no tuviéramos que llevarla a cuestas. Así que al cumplir cuatro años, le regalamos por su cumpleaños unas botas de montaña, una pequeña mochila y un flamante cinturón de explorador. Con ello pretendimos que fuera ella la que tuviera ganas de salir a caminar por la montaña y estrenar todo aquello sin tener que llevarla a rastras.

En un principio funcionó, pero sin duda, lo que más funciona con los niños es que trates de convertir cualquier actividad en un juego, pues si consigues que se diviertan, podrás subir con ellos, si te lo propones, hasta la cumbre del Kilimanjaro.

 

Aquí os dejo el vídeo que hicimos el día que descubrimos la “Hondonada de los Duendes” del Desierto de las Palmas (Castellón).

Algunos consejos para ir con niños a la montaña y no tener que cargar con ellos a cuestas:

  1. Que cada niño lleve su propia mochila. Aunque sean muy pequeños, es importante que empiecen a hacerse responsables de sus cosas. Al principio pueden cargar simplemente con su almuerzo, y poco a poco, irles cargando con el resto de sus cosas.
  2. Una botella de agua por persona. El agua es una de las cosas más difíciles de racionar en la montaña. Es importante que cada niño lleve su cantimplora y aprenda a racionar y cargar con su agua. Una buena técnica para no quedarse sin agua en mitad de un recorrido es proponerse llegar al final de la ruta con un tercio del agua con la que se ha iniciado (Como mínimo) .
  3. Ropa de Abrigo. Es importante llevar una chaqueta corta-vientos para las paradas. El sudor y el frío pueden ser un mal enemigo si nos quedamos un rato parados en la montaña.
  4. Crema protectora. El aire de la montaña y el sol son muy dañinos para la piel de niños y mayores. Por lo que es muy recomendable llevar un tubito de crema con factor de protección total.
  5. El calzado. Unas botas de montaña semi-rígidas y de caña media les ayudarán a sentirse seguros por las rocas y no clavarse las piedras en las plantas de los pies. Además les protegerán los tobillos de esguinces y posibles torceduras.
  6. Un bastón para caminar. Apoyarse en un bastón o en un simple palo, aliviará el esfuerzo de nuestras rodillas y nos permitirá apartar zarzas y otras plantas que se interpongan en nuestros caminos.
  7. Comida. Mejor hacer comidas pequeñas durante toda la ruta que una comida larga y copiosa. Frutos secos y fruta son una buena opción durante el camino. Dejad que los niños se detengan a beber o a comer todas las veces que necesiten. Recuerda que un niño no tiene las mismas necesidades que un adulto.

Volver con una sonrisa. Por último, recuerda que el niño tiene que traer un buen recuerdo en su mente. Una experiencia traumática o el recuerdo de un agotamiento insufrible puede hacer que en su vida quiera volver a pisar la montaña. Con lo que es importante que no deje de jugar y encontrar alicientes durante el recorrido.

Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

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