Capítulo 9

¿De qué hablamos los padres? (El puto fútbol)

por | 20 Nov 2006 | 4 Comentarios

No tengo ni idea. No sé qué le pasa a las mamás y en general a las mujeres del mundo en cuanto ven a un bebé.

En cuanto sacas a pasear a tu bebé se rompen las normas sociales y tu intimidad queda reducida a nada. Así es, les da absolutamente igual lo que estés haciendo o donde estés. En el metro, en una tienda, en una cafetería…
Ir con un bebé es como ir con un cartel que diga: “Cuentame cosas sobre tus hijos, anda, que no tengo nada mejor que hacer”. El nexo de unión que se crea entre ti y cualquier otra mujer del planeta al ir acompañado de un bebé es tan grande, que os podéis contar la cosa más desagradable del mundo que jamás estará fuera de lugar y lo único que hará será dar pie a que ella te cuente sus escatológicas vivencias como madre.

– ¿Aaaaaayyyy!!! ¡Qué mono!! ¿¿Cuánto tiene??

Si respondes a esta primera frase abres automáticamente la veda a que la desconocida te empiece a contar su vida y las intimidades más desagradables de su prole (Y digo desconocida porque excepto un único caso siempre me ha sucedido con mujeres).

– Pues yo ya voy por el tercero. Tengo una de cinco otro de tres y uno de 13 semanas y media.

¿Pero yo te he preguntado algo? A mí qué narices me importa lo que tienes o dejas de tener…

– ¿Ya lo has llevado a vacunar? Mi Manolín me cogió una bronquiolitis a los dos meses y desde entonces no hemos parado. A la mayor la tengo con gastroenteritis y al pequeño me lo tengo cada dos por tres conectado al ventolín…

¡Muy interesante señora! ¿Me deja leer el periódico con tranquilidad? Y por favor,  dígale a su Manolín que deje de meterle a mi hijo el ‘teletubi’ en la cara, que como me la despierte … (Entiéndase mi mal genio asociado a la falta de sueño).

– Es normal, a esta edad lo cogen todo. Sobre todo si tienen hermanos mayores. Es que del cole se lo traen todo…

Y así hasta que te marchas dándole tu teléfono a la buena señora para quedar un día de estos a tomar un café mientras te cuenta “lo de la operación de vegetaciones de su Jennifer”…

Conforme los niños van creciendo, uno puede ir prestándoles menos atención mientras juegan en los columpios y esto te permite ampliar tu relación social con otros padres.

Por suerte o por desgracia para mí, en nuestro parque, casi siempre son las madres las que acompañan a los niños.

Hay días que me descubro a mí mismo atrapado en un corro con otras cuatro mujeres en una interesante conversación sobre uniformes de colegio o sobre el color de los mocos o sobre cualquier otro tema siempre referente a nuestros hijos. Al principio mola por la novedad, pero con el paso de los días se hace angustioso…
¡Dios mío! pero… ¿es que no hay otro tema de conversación?

Un día, mientras una de las contertulias a la que apodo cariñosamente ‘la Escobilla’, me taladraba la cabeza explicándome sus trucos para hacer que los niños no se meen fuera del váter me percaté, que a pocos pasos de mi situación, una pareja de padres (es decir, dos chicos), hablaban de grupos de música o algo parecido. Aprovechando una interrupción en el discurso de la Escobilla, giré 45 grados mi posición y adelanté un paso disimulado hacia los dos padres. Desde mi nueva posición podía escucharlo todo perfectamente, e incluso darles a entender que quería participar de su conversación. Lo que decían aquellos chicos sonaba como música para mis oídos: Que si los Rolling Stone, que si yo me grabo CD’s de MP3 y los escucho en el coche, que si yo me he comprado un i-pod no sé como, que si tengo una Play-station que te cagas cuando quieras te pasas y jugamos una partida…

¡Una conversación en la que no aparecían los hijos para nada!
Escuchándoles hablar empecé a sentirme a gusto.  Empecé a sentirme cómodo en el parque de los columpios, incluso me sentí aceptado en su conversación. Algo salado se deslizó hasta mis labios. ¿Era una lágrima? Sí, por lo visto estaba llorando, ¿quizá de emoción?, ¿quizá de alegría? No lo sé.

Sólo sé que me pensé bastante lo que iba a decir antes de integrarme en la conversación, sudoroso por la emoción y esperando el momento adecuado di un paso al frente y justo en el momento en el que iba a abrir la boca, apareció de nuevo la Escobilla, que estirándome de la manga hizo que recuperara la posición original dentro del akelarre para seguir machacándome con su demoledor discurso:

– Pues entonces, como te decía,  lo que tienes que hacerle a la tuya es enseñarle con paciencia, sin prisas, sin presiones… ¿Me entiendes?… (¡Pues claro que te entiendo, hijadep…, claro que te entiendo!)

Ahora, para evitar estas historias intento estar siempre cerca de mi hija. Así cuando no me interesa el cauce que está siguiendo una conversación aprovecho cualquier tontería para acercarme a ayudarle a ella y escapar así cual rata encerrada de los ‘temibles sermones infantiles’.

El puto fútbolAyer sin esperármelo. Se me acercó un padre y me preguntó si practicaba algún deporte. Yo le contesté que jugaba al rugby y el me explicó que jugaba en un equipo de fútbol sala. ¿Porqué sólo podemos hablar de fútbol? ¿No se puede hablar de otras cosas? Quizás soy yo, que no sé imponer mi tema de conversación o que, por educación, soy incapaz de decir que no me gusta el fútbol y plantear otro tema. La cosa es que no sé si fue por el interés que le mostré o porque el tío era así de plasta, pero estuvo 45 minutos hablándome de su gran pasión y todo lo que para él significaba. No dejó de crear extrañas similitudes entre el rugby y el fútbol explicándome algunas de sus mejores gestas con pelos y señales de manera que, cuando se hizo la hora de subirnos para casa y dejar el parque, nos despedimos hasta otro día prometiéndonos seguir hablando de lo que el consideró como ‘lo nuestro’: EL PUTO FÚTBOL.

Extracto del libro: “Memorias de un padre primerizo”. Editorial Círculo Rojo. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados. - 52 páginas y 12 ilustraciones.

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