Covid19 – Un matón aguafiestas

Covid 19 - Un matón aguafiestas
PADRE PRIMERIZO

PADRE PRIMERIZO

Alter ego de Rafa Esteve

(Villajoyosa, 1976) es ingeniero técnico en diseño industrial, empresario y consultor. Intenta compatibilizar su implicación activa en la formación y desarrollo de los hijos y la familia con el cultivo de las amistades y de sus otras grandes aficiones: dibujar, los cómics, el cine, la música, el rugby y la montaña. 

Covid19 – Un matón aguafiestas

–¡Ya está todo claro! El sábado, a las 9:00 h, nos vemos en el parking de caravanas –dijo Fernando, antes de colgar–. Tranquilo, que te explicaré con detalle el funcionamiento de todo…
(aquí podéis echarle un ojo a la super furgo que queríamos alquilar)

Una de mis ensoñaciones recurrentes siempre ha sido la de vivir de manera nómada, con lo mínimo y sin ataduras a una vivienda fija. Cuando pienso en las vacaciones ideales, me viene a la cabeza el verbo «vagabundear». Imagínate salir de casa con lo puesto, con una tarjeta de crédito (o varias), un ordenador portátil y un móvil con los que poder seguir trabajando y algo de ropa de recambio con la que mantener las medidas mínimas de higiene y abrigo. Salir de casa dirección norte (por ejemplo), sin saber exactamente dónde vas a dormir cada día, ni dónde ni cuándo vas a parar a comer. Viajar por el mundo sin prisas por llegar ni motivos por los que quedarte en un lugar, tumbándote a disfrutar cuando un paisaje te llame la atención y saliendo escopetado cuando el lugar no sea precisamente como lo habías imaginado.

Mi pareja, Rut, y yo ya habíamos hecho varias escapadas antes utilizando nuestro monovolumen a modo de coche cama, mientras los niños pasaban unos días de campamento con los scouts. La experiencia siempre había resultado deliciosa y un auténtico aprendizaje, pues al principio cometíamos los típicos errores de principiante que íbamos subsanando con el paso de los días, de manera que al final de cada uno de estos escarceos con la libertad, volvíamos a casa con la mente llena de nuevas mejoras que hacerle a nuestro coche cama, desconocidos lugares a los que viajar… e, incluso, barajamos la posibilidad —remota— de que nuestros hijos adolescentes (Leo, de 12 años, y Mar, de 15) aceptaran irse de viaje con nosotros.

Como padres, hemos llegado a ese punto en el que los hijos llenan sus fines de semana y vacaciones de planes para llevar a cabo con sus amigos, y lo último que les apetece es ir con los aburridos de sus padres a ningún lado. O solo están dispuestos a acompañarte si van a recibir alguna recompensa material a cambio, es decir, ir de compras para ellos. Los días que queremos ir a comer a casa de mis padres, a la de mis suegros o salir por ahí con amigos son un carnaval de malas caras, resoplidos y desplantes del tipo: «¡Yo tengo planes! ¿Queréis dejar de organizarme la vida? ¡Me estresáis…!».

 

Demasiado bonito

Pensando que este año probablemente sería el último en el que accederían a viajar con nosotros, decidimos arriesgarnos, y con la boca muy pero que muy pequeña, propusimos la idea de alquilar una autocaravana durante las fiestas de la Magdalena (las fiestas patronales de Castellón de la Plana, nuestro lugar de residencia) e irnos los cuatro en dirección sur, con la idea de visitar la costa de Almería.

Tendrían que haber grabado nuestra cara de asombro cuando nuestros hijos, al unísono, y con la única condición de no estar más de cinco días de viaje, respondieron que sí.

«¿En serio? ¿Os parece bien?». Tal fue nuestra emoción e incredulidad que tuvimos que pellizcarnos el brazo y preguntárselo de nuevo, por si se trataba de algún tipo de alucinación o malentendido. Al confirmar que sí, que hasta les hacía algo de ilusión, nos pusimos como locos a buscar autocaravanas de alquiler en Internet. Y de esta manera fue como conocimos a Fernando, el simpático arrendatario de una autocaravana ideal para llevarnos y albergarnos a los cuatro durante varios días.

El pago de la reserva y el anticipo estaban hechos, y solo quedaba esperar a que llegara el domingo 16 de marzo, recoger nuestra nueva casa rodante y conducir dirección sur hacia donde nos llevaran nuestros sueños. Todo parecía idílico, demasiado bonito para ser real…

La mañana del 10 de marzo, una noticia en la radio del coche hizo que una sombra de duda nublara nuestro viaje. Al parecer, aquel virus cuyo brote se había detectado originariamente en la provincia china de Wuhan, había comenzado a propagarse por el mundo de manera descontrolada, alcanzando a diferentes países europeos, incluida España.

A mí, personalmente, no me pareció demasiado preocupante, pues los casos en España eran puntuales y, según los medios, los síntomas del virus eran similares a los de la gripe común. La cancelación de eventos públicos, congresos empresariales importantes y partidos de fútbol sí empezó a mosquearme, pero al oír por la radio que se cancelaban las Fallas de Valencia y las fiestas de la Magdalena constaté, como muchos otros, que la cosa iba en serio. Me pareció lógico que sucediera, pues se estaban cancelando actos con menor afluencia de público que esas festividades, pero al oír la noticia no pude evitar pensar en la magnitud de lo que estaba sucediendo. Empecé a pensar en aquellos cuya economía se iba a ver afectada de forma significativa por esas cancelaciones, en la cantidad de personas que iban a quedarse sin el trabajo previsto y en la cantidad de ilusiones, planes y sueños que iban a quedar pisoteados por el virus de las narices. ¡Maldita sea! ¡Con las fiestas regionales no se juega!

 

Covid 19 - Un matón aguafiestas

Dibujo que acompaña al primer capítulo de Memorias de un padre confinado. Editorial Larousse 2020

 

Me puse un poco triste, pero tragué saliva y acto seguido volví a pensar en nuestro viaje hacia el sur. Al fin y al cabo, nosotros solo íbamos a estar el segundo fin de semana de las fiestas. Pensar egoístamente solo en mi familia y nuestras vacaciones me hizo sentirme mejor durante unos minutos, pero no hizo que dejara de darle vueltas a lo que estaba sucediendo en el resto del mundo.

Al día siguiente, el 11 de marzo, la OMS (Organización Mundial de la Salud) declaró oficialmente que se trataba de una pandemia mundial a causa del COVID-19. Como subtítulo del anuncio de la OMS pudimos leer entre líneas: «Quedaros con el nombre de este pequeño hijo de perra, pues a partir de ahora lo vais a oír hasta en la sopa».

 


Covid 19

Según parece, los coronavirus son una extensa familia de virus que pueden causar enfermedades tanto en animales como en humanos. En los humanos, se sabe que varios coronavirus causan infecciones respiratorias que pueden ir desde el resfriado común hasta enfermedades más graves como el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) y el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS). El coronavirus que de golpe vino a llenar nuestros noticiarios es el causante de la enfermedad por coronavirus denominada COVID-19. ¡Ojo! Es importante aclarar que COVID-19 es el nombre de la enfermedad provocada por el virus hijo de perra antes mencionado; el nombre real con el que los investigadores han bautizado al virus es SARS-CoV-2. SARS son las siglas en inglés Severe Acute Respiratory Syndrome (síndrome respiratorio agudo severo), CoV hace referencia a los coronavirus y el 2 es para diferenciarlo del virus que ya se detectó el año 2002 en la provincia china de Guangdong y que, después de extenderse por más de 30 países, dejó de contagiar, o dar casos positivos, dos años después.

 

Primeras impresiones

Hasta hace unos años me consideraba un cinéfilo de clase media al que le gustaba dárselas de entendido hablando sobre películas de culto o de directores de Europa del Este. Sin embargo, al cumplir los cuarenta años, de la noche a la mañana, sin saber por qué y sin atender a ningún razonamiento lógico, empezaron a fascinarme las películas con premisas postapocalípticas, es decir, esas que comienzan con un planeta Tierra destruido, ya sea por la colisión de un meteorito, por el deterioro de la vida por el cambio climático o por mi tema favorito: un apocalipsis zombi. Sí, ya sé que es una temática poco apta para disfrutarla en familia; por ello me descubrí a mí mismo disfrutando con películas como REC 4 los días que comía solo en casa, o devorando totalmente ojiplático The Road a altas horas de la madrugada, cuando todos ya se habían ido a dormir. Creo que esta nueva afición hizo que tras escuchar a la OMS afirmar que nos encontrábamos ante una pandemia se me erizara el vello de la nuca y pudiera oír claramente dentro de mi cabeza una voz musical susurrando: «Ya están aquí…».

Lo que fue sucediendo con el paso de las horas hizo que aumentara mi preocupación. Había quedado para almorzar y tratar un tema de trabajo en la oficina de mi amigo Sergio y este, al recibirme, en lugar de abrazarme, como era costumbre siempre que nos veíamos, me hizo un gesto con la mano para que esperara en la puerta, abrió un armario y sin darme tiempo a ver lo que había sacado de allí me pidió que le enseñara las manos. Sin dejarme tiempo a reaccionar, me echó un chorretón de lo que parecía un gel desinfectante.

–Nos lo ha puesto la empresa –dijo, riéndose–. Es por el nuevo protocolo de seguridad por el coronavirus ese…

La empresa les había enviado un comunicado en el que se prohibía dar la mano a los clientes y se les exigía el uso de gel desinfectante con cualquier visitante a las oficinas de la empresa; Así que, una vez realizadas las tareas de desinfección, nos pusimos a charlar distendidamente de lo que estaba ocurriendo. Mientras le estaba contando nuestra intención de salir de viaje con la autocaravana, él se levantó a recoger unos papeles de la impresora situada junto a la ventana. De repente, algo que vio en la calle hizo que su cara se torciera con una mueca de asombro. Al ver su cara, dejé de hablar y me incorporé también para mirar. Al principio no supe qué miraba, pero luego me di cuenta: una señora, sentada en un banco de la placita situada bajo la ventana, hablaba animadamente por el móvil. Lo chocante era que cinco paquetes de doce rollos de papel de váter la rodeaban como si de una pequeña trinchera se tratara. Se me abrieron los ojos como platos, y justo cuando iba a comentar lo que veíamos, cruzó la plaza a paso acelerado un matrimonio de unos sesenta años. Cargaban en cada mano dos paquetes de doce rollos de papel de váter cada uno. La imagen nos dejó congelados, con las manos apoyadas en el cristal de la ventana.

–¿Qué narices está pasando? –dije–. ¿Por qué le ha dado a la gente por hacer acopio de papel de váter? ¿Será la descomposición estomacal uno de los síntomas desconocidos de este virus? ¿Sabrán estas personas algo sobre el papel de váter que nosotros desconocemos?

 

 

Ese mismo día, mientras comíamos, llamó el bueno de Fernando. La melodía del móvil a esas horas no presagiaba buenas noticias. Su voz era opaca y sus palabras retumbaron pesadas en mis oídos. Lo que me estaba temiendo acababa de suceder: Fernando cancelaba la reserva por motivos de fuerza mayor y nos devolvía el importe íntegro del adelanto (¡menos mal!).

Tras decirle que lo entendía y agradecer su amabilidad, inocente de mí, se me ocurrió hacerle una pregunta de la que ahora me siento totalmente avergonzado:

–Oye, Fernando, ¿nos puedes reservar la autocaravana para Pascua? Seguro que, para entonces, todo esto ya habrá pasado.

Fernando guardó silencio durante un segundo y contestó:
¡Claro, hombre, cuenta con la reserva!… ¡Campeón!

Lo de «campeón» no lo dijo en realidad, pero estoy seguro de que lo pensó.

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Alter ego de Rafa Esteve

(Villajoyosa, 1976) es ingeniero técnico en diseño industrial, empresario y consultor. Intenta compatibilizar su implicación activa en la formación y desarrollo de los hijos y la familia con el cultivo de las amistades y de sus otras grandes aficiones: dibujar, los cómics, el cine, la música, el rugby y la montaña. 

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