El arte del escaqueo

Recuerdo el gran consejo que me dio un amigo cuando le dije que estábamos embarazados de la niña. Cómprate un perro, me dijo. Al principio me pareció un consejo totalmente disparatado y fuera de lugar pero al escuchar su explicación empecé a entenderlo:

“Cuando nazca la niña, tú pasarás a ocupar un segundo o tercer puesto en la escala de importancia para tu pareja, y probablemente te tocará desempeñar tareas que no serán en absoluto de tu agrado. Por ello te recomiendo que te compres un perro. De esta manera, cuando veas que la cosa se complica y tengas ganas de escapar podrás decir: ¡Me voy a pasear al perro! De esta manera podrás salir de casa y desaparecer hasta que lo peor haya pasado. Incluso puedes no comprar el perro y decir que vas a pasearlo, pues cuando nazca tu hija tu pareja estará tan poco pendiente de ti, que para cuando sé de cuenta de que no tenéis perro la niña tendrá ya tres o cuatro años…”

Por mucho que me esforzaba en convertirme en una persona más pasota, mis niveles de estrés y ansiedad seguían por las nubes. Me estaba convirtiendo en una persona huraña, evitaba todo lo posible el contacto con otras personas y cada vez que escuchaba el llanto del bebé en medio de la noche, mi espalda se arqueaba como si estuviera recibiendo una descarga eléctrica en plena columna vertebral. Jamás imaginé que iba a estar a punto de llevar a cabo el consejo que me dio mi amigo, nunca llegué a utilizar la técnica de pasear al perro invisible, pues creo que mi pareja no me lo habría perdonado nunca, pero si que puse en práctica otro tipo de técnicas menos arriesgadas. Para ello me aproveché de ese tipo de cosas que solemos hacer tan bien los hombres: Llevar el coche al taller, bajar la basura, ir a hacer la compra … Cualquier excusa era buena para salir de la rutina que me estaba consumiendo por minutos.

Excusas para salir de la rutina nº1

Hacer la compra eterna

Cuando salía a la hora de trabajar y veía que estaba a punto de llegar a casa llamaba a mi pareja y le pedía que me pasara la lista de la compra de nuestra pizarra. Le decía que necesitaba mirar alguna cosa y de paso haría la compra de la semana. Independientemente de lo larga que fuera la lista de la compra me encargaba de eternizar la compra al máximo. Me convertía en un muerto viviente arrastrando el carro de la compra por el hipermercado, pues no seguía ningún rumbo fijo. Solía detenerme durante un buen rato en la sección de libros o la de música para hacer tiempo. Normalmente me llamaba mi pareja preocupada:

_ ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo?

_ Sí cariño, estoy bien. No te imaginas la cola que hay hoy en la carnicería…

Excusas para salir de la rutina nº2

Ser víctima de la procrastinación

Aquella mañana me levanté y me arreglé rápido porque me había propuesto encargarme yo de la niña. Llegué temprano al trabajo porque quería terminar pronto para poder encargarme de la niña. Derramé el café sobre el escritorio y me puse a limpiarlo con una bayeta. Me tomé algunos minutos más para limpiar el resto de la mesa, pues pensé que con mi espacio de trabajo limpio y ordenado sería más productivo y podría terminar antes para poder hacerme cargo de la niña. Cuando terminé me di cuenta de que no había comido nada durante la mañana y me fui a la cafetería a comer un sandwich, ya que si no recuperaba fuerzas iba a ser incapaz de encargarme de la niña. Al pasar frente a la papelería recordé que se me habían terminado las grapas, así que aproveché de paso para comprarme una etiquetadora, pues pensé que siendo más organizado durante mi trabajo podría terminar antes para poder encargarme de la niña. Cuando volví a mi mesa decidí que debía establecer un sistema para organizarme los documentos y el material de escritorio antes empezar a colocar etiquetas. Pensé que seguro que existía un programa informático para hacer este tipo de trabajos, así que me puse a buscar en internet información sobre sistemas para mejorar la productividad personal. Encontré un ebook fantástico que por solo 8,95 € te explicaba cómo llevar a cabo un sistema fabuloso para organizar tu tiempo de manera productiva… Entonces sonó el teléfono. Era mi pareja que llamaba preocupada:

_ ¿Estás bien? Son las 9:30 de la noche, ¿no ibas a encargarte hoy de la niña?

¿Has retrasado una cita con el dentista, o has pospuesto para mañana el propósito de salir a correr todos los días? ¿Te sucede que nunca encuentras el momento de arreglar determinados papeles o arreglar ese grifo que gotea? Si has respondido afirmativamente a estas preguntas puedes estar tranquilo, pues no eres el único. Aplazar los asuntos pendientes, o dejar para mañana lo que podrías hacer hoy, es una costumbre muy humana conocida como procrastinación. Esta habitual costumbre es la culpable de gran cantidad de retrasos que generan pérdidas de productividad en empresas y administraciones públicas, pero también tienen un efecto nefasto sobre la salud mental de las personas que la llevan a cabo, pues les rebaja su autoestima de manera notable al no llegar nunca a la conclusión de sus tareas.

Excusas para salir de la rutina nº3

Inventar reuniones inesperadas

Mi necesidad de quitarme de enmedio me hizo convertirme en un auténtico mentiroso compulsivo. Cuando llegaban las cinco de la tarde, me colocaba unos auriculares, ponía música con el ordenador y habría una hoja de cálculo o un documento de texto. Cuando alguien pasaba cerca de mi hacía como si estuviese analizando las cifras del documento con atención, incluso resolvía algunas operaciones con la calculadora. Cuando me volvía a quedar solo, simplemente trataba de dejar la mente en blanco, miraba fijamente la pantalla y me limitaba a escuchar la música.

En ocasiones llamaba por teléfono a mi pareja y le decía que estaba en una reunión y que tardaría en llegar. En estos momentos, la oficina se quedaba vacía y aprovechaba para navegar por Internet o escribir en mi Blog, siendo totalmente consciente de que un sentimiento de infelicidad constante me oprimía con fuerza el pecho.

Un día de lluvia, estuve atendiendo por teléfono la reclamación de un cliente insatisfecho con uno de los pedidos que le había servido nuestra empresa durante la semana. Por mucho que intenté calmarlo y tratar de solucionar su problema, el señor cada vez gritaba más y me faltaba más el respeto. Volví a notar que se me aceleraban las pulsaciones y sin esperar a ver qué pasaba luego le colgué el teléfono y nervioso fui a buscar mi coche, necesitaba escapar. Me alejé varios kilómetros del trabajo y me detuve bajo la lluvia en un paraje que conocía junto al borde de un río. Cerré los ojos y esperé a que mi corazón volviera a latir con normalidad.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no lo estaba haciendo bien, escaquearme de los problemas no era en ningún caso la solución, tenía que hacerme con el control de la situación cuanto antes, no podía continuar así. Volví a cerrar los ojos y me quedé dormido escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre el capó del coche.

 

Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

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