Casi todos los hombres, sufrimos durante nuestra etapa de padres primerizos uno o varios momentos de bajón. Me refiero a esos momentos en los que te desplomas superado por la situación o decides escapar de los problemas como en la película Wonderland, donde uno de los protagonistas, tras sufrir un ataque de pánico, se dedica a dar vueltas a la ciudad montado en su moto en lugar de acompañar a su compañera durante el parto.
Hay infinidad de motivos que nos pueden llevar a tomar la opción Wonderland, pero normalmente, no existe un único culpable, sino que suele tratarse de la suma de muchos factores que nos llevan a dejarlo todo y caer en picado: El agotamiento físico, el trabajo, la relación con tu pareja, tu suegra…

 

Un entorno estresante

Yo por supuesto, también sufrí un bajón durante mi paternidad, un bajón de los gordos, pues el nacimiento de mi hija coincidió con un momento de mi vida cargado de estrés, pues tenía muchas responsabilidades en el trabajo y muchas personas dependiendo directamente de mi. Me llamaban por teléfono a cualquier hora del día, y normalmente era para pasarme algún marrón. Cuando llegaba a casa, tarde y cansado, me esforzaba por mostrarle a mi hija y a mi pareja la mejor de mis caras. Ella se pasaba la mayoría del día con la niña, así que cuando yo llegaba a casa la encontraba agotada y deseando que me hiciera cargo durante unas horas de la niña. Yo lo hacía encantado, y me había propuesto a mi mismo que sería un padre excepcional. Pasé por momentos de verdadera angustia, en los que pensaba que no lo iba a poder soportar, pero siempre encontraba fuerzas para seguir adelante.

Un viaje a Guipúzcoa

Mi equipo de rugby organizó un partido amistoso contra un equipo de Irún, el plan era fantástico, pues se trataba de cuatro días de viaje con mis amigotes, que incluía un partido de rugby y un montón de visitas turísticas por el Municipio acompañados por los miembros del equipo local. ¡Sería la ocasión ideal para rebajar mi nivel de estrés! Así que sin pensármelo demasiado se lo comenté a mi pareja, que accedió de no muy buena gana y me propuso que se marcharía durante mi ausencia a casa de sus padres para que le echaran una mano con la niña. Todo estaba arreglado ¡sería un viaje perfecto!.

Primeros síntomas

La verdad es que no me considero una persona nerviosa, y mucho menos violenta, por ello creo que lo que sucedió aquella tarde marcó el inicio de mi bajón.

Antes de marcharme de viaje decidí acercarme con la niña a casa de mis padres para despedirme de ellos. Al llegar, dejé durante un par de minutos el coche aparcado frente a la entrada del garaje de la finca, pues además de descargar a la niña tenía que dejarles un par de maletas con ropa a mis padres. Creo que no tardé ni un minuto en subir y bajar de nuevo, y para entonces, ya había un señor con bigote gritando como un poseso y gesticulando desde el interior de su coche. Intenté excusarme y explicarle que mis padres vivían allí, pero el alterado señor comenzó a tocar el claxon de manera insistente sin darme ocasión de hablar.

Fue entonces cuando sucedió, noté como una ola de calor invadía mi cuerpo de repente y un pitido en mis oídos me impidió seguir escuchando nada de lo que sucedía. El corazón se me aceleró como cuando alguien te da un gran susto y sin pensármelo dos veces me dispuse a agarrar del cuello al señor del bigote con la intención de sacarlo por la ventanilla del coche. En ese momento apareció mi padre que me sujetó del brazo y me pidió que me subiera en el coche mientras él se disculpaba con el vecino. Me subí al coche y como pude me fui a buscar aparcamiento. Tardé casi treinta minutos en volver a calmarme.
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Un ataque de ansiedad

El viaje comenzó como era de esperar, con todo el equipo de juerga y risas durante el viaje. El partido fue un éxito, pues ganamos al equipo anfitrión por dos ensayos y una transformación. Esto hizo que nos presentáramos con muchas más ganas en el tercer tiempo (La fiesta posterior al partido). Todo marchaba fenomenal hasta que llegamos con el autobús al lugar donde íbamos a comer y alguien, no recuerdo quien ni el motivo por el que lo dijo, me preguntó en tono de broma:

_ ¿Y tú eres padre?

Estas palabras, explotaron como una bomba en mi cabeza y de repente y sin saber porqué me puse a llorar desconsoladamente. Al principio me sentí avergonzado, así que me alejé un poco del resto. Fue entonces cuando empecé a notar que me costaba respirar y que se me estaban durmiendo los labios y la cara. Las dedos de la mano se me quedaron pegados unos contra otros, y por mucho que trataba de separarlos no lo conseguía. Varios de mis compañeros estuvieron a mi lado todo el rato, tranquilizándome y diciéndome que no me preocupara. Te está dando un ataque de ansiedad, me dijo uno de ellos. – A mi me ha pasado varias veces, asusta mucho, pero se pasa – Me dijo mientras me frotaba la espalda con la mano.
Dicen que el ataque me duró unos diez minutos, pero a mi me pareció que duró una hora.
Después de aquella experiencia caí en una extraña depresión, me entraban ganas de llorar por cualquier motivo y lo peor de todo es que luego me quedé con la horrible sensación de que aquello se podía repetir en cualquier momento.

 

Los ataques de ansiedad son respuestas de nuestro cuerpo ante situaciones de estrés o de peligro y se suelen presentar en forma de palpitaciones, sudoración, mareos y miedos un tanto irracionales.

Si en alguna ocasión piensas que estás siendo víctima de uno de estos ataques trata de seguir estos consejos:

  1. No te dejes llevar por tu primer impulso violento (A menos que exista una amenaza real de la que debas salir corriendo, en ese caso ¡corre tanto como puedas!).
  2. Si puedes, busca un lugar cómodo para sentarte o reclinarte. Si estás acompañado cuéntale lo que te sucede y concéntrate en controlar tu respiración.
  3. Repite de manera mental que nada te va a suceder y recuerda que estas crisis no suelen durar más de cinco minutos
  4. Cuando te sientas más tranquilo, vuelve a observar tu entorno para corroborar que no hay amenazas reales a simple vista, mientras, continúa respirando lenta y suavemente.
  5. Cuando haya pasado todo no vuelvas directamente a tus tareas habituales. Date un tiempo para descansar y pensar en lo que te ha sucedido.

Las palabras del doctor que me atendió marcaron un antes y un después en mi vida, y me ayudaron a enfrentarme a los problemas de una manera distinta:

“El problema no es tu entorno, los problemas y las obligaciones van a seguir estando ahí durante toda tu vida, eso no lo vamos a poder cambiar. Lo que sí que podemos arreglar es la manera en que estos problemas te afectan.

Le has estado exigiendo demasiado a tu cuerpo y como él ha visto que no hacías nada por ayudarte ha decidido enviarte una señal. Esta señal te está pidiendo que pares, que te relajes y que no te preocupes tanto por las cosas. Tienes que aprender a hacer que los problemas no te afecten de esta manera, tienes que aprender a ser un poco más pasota…
¿Ser más pasota? – pensé. ¡Me gusta!

Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

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