Salir adelante de un estado de depresión de aquella manera tan rápida fue como si de repente me hubiera tocado la “bola extra” durante una partida de pinball, me sentía como si la vida me estuviese ofreciendo una segunda oportunidad para hacer mejor las cosas y tomarme la vida con más calma. No quise desperdiciar esta segunda oportunidad, así que no tardé ni un segundo en poner en marcha un plan con el retomar las riendas de mi vida.

 

1 – Preguntarme: ¿Qué me gustaría hacer?

Lo primero que hice fue apuntar en un papel todas las cosas que me hacían sentirme frustrado por no poderlas estar llevando a cabo durante la paternidad. Para ello dibujé una especie de mapa mental en el que comencé escribiendo “yo” en el centro de la hoja rodeado por un círculo. Alrededor de este círculo escribí, también rodeadas con círculos, todas las cosas que me gustaría poder hacer y no hacía: jugar al rugby, dibujar más, salir con mi pareja a solas, salir a la montaña, salir con mis amigos, pintar, leer, dormir, pasar más tiempo con mi hija, aprender a tocar la guitarra, practicar inglés y porqué no decirlo, tener sexo, y a ¡poder ser con mi pareja!.

Una vez escritas todas las cosas que echaba en falta en mi vida, me di cuenta de lo poco que necesitaba para sentirme realmente feliz. Por lo visto soy una persona realista, y la verdad es que no puse cosas imposibles o difíciles de conseguir. Uní por medio de líneas todas aquellas cosas con la palabra “yo” y entonces me dispuse a desarrollar cada una de aquellas actividades individualmente.

La idea consistía en tratar de encontrar un hueco en mis rutinas semanales para poderlas llevar a cabo y así no poder decir que era la ausencia de ellas lo que me causaba frustración. Descubrí que una de las maneras para conseguir llevar a cabo algunas de ellas consistía en combinarlas con la de “pasar más tiempo con mi hija”.

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2 – Aprender a tocar la guitarra

Por lo visto, el día que repartieron el sentido del ritmo yo estaba en la cama enfermo o algo así, porque por mucho que lo intentara, me resultaba imposible seguir un ritmo con la guitarra. Perdía el ritmo tan fácilmente, que en clase de música el profesor me decía que yo solo podía hacer una cosa a la vez, o dar palmas o cantar, pues si hacía las dos cosas a la vez hacía perder el ritmo al resto de la clase.

Así que para comenzar a llevar a cabo los deseos de mi mapa mental me puse a darle vueltas a la cabeza: ¿de qué manera podía integrar el aprendizaje de un instrumento en mi rutina cotidiana? La solución fue más sencilla de lo que me imaginaba: me descargué algunos tutoriales de guitarra española de internet y me dediqué a practicar con rasgueos muy suaves junto a la cuna de la niña cuando llegaba su hora de dormir. Además me bajé de internet algunas partituras de canciones de cuna sencillas que le cantaba en voz baja a la vez que tocaba la guitarra.
Se puede decir que no me he convertido en un “Paco de Lucía”, pero os aseguro que he podido tachar esta acción de mi lista de cosas pendientes.

 

3 – Desconectar

Otra de mis tareas pendientes era la de “dibujar más”. Siempre me ha relajado mucho dibujar, y me pasa igual que con el rugby, ya que al tener que dedicarle tanta atención a lo que estoy haciendo, dejo de pensar por completo en otros temas y tengo la sensación que mi cabeza se relaja.

Dicen que practicando deportes o actividades que estimulen la creatividad, como el dibujo o la música, se pueden alcanzar estados casi comparables a los que se puede llegar a través de la meditación. Según la sabiduría oriental, la mejor manera de alcanzar la felicidad y la plenitud personal es a través de la meditación, que en pocas palabras, consiste en vaciar la mente de todo pensamiento.

En una ocasión discutí seriamente con mi pareja antes de un entrenamiento de rugby. Nuestro enfado fue monstruoso y pensé que tardaríamos semanas en reconciliarnos después de aquello. Al salir del entrenamiento y volver a casa por la noche, me encontré a mi pareja todavía disgustada, y yo sin embargo, había olvidado por completo nuestra discusión. La concentración durante el entrenamiento había relegado el enfado a otra parte menos importante de mi cerebro y al recordarlo, traté de volver a enfadarme y sentir lo que me había enfurecido aquella tarde, pero fue totalmente imposible. ¿Para qué narices necesitaba aquel enfado?.

Tomé la decisión de dibujar un par de veces a la semana con mi hija. Ponía un mantel de plástico en la mesa de la cocina, le ponía un babero enorme a la niña y sacaba témperas, pinceles, lápices y rotuladores. Le ponía un montoncito de folios delante y yo me sentaba a dibujar a su lado. No le decía lo que tenía que hacer, simplemente le dejaba hacer. Esto se convirtió sin duda en uno de mis momentos favoritos de la semana.

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4 – Utilizar la regla de los 10 segundos

Yo estaba cambiando mi forma de afrontar los problemas, pero mi entorno, por mucho que yo cambiara seguía siendo hostil y en ocasiones estresante, por ello, en ciertas situaciones volví a tener la sensación de que se iba a repetir el horrible ataque de ansiedad que tanto me había asustado, pero entonces, me bastaba con utilizar la famosa regla de los 10 segundos para volver a calmarme y encontrar el equilibrio.

Diez segundos, este es, aproximadamente, el tiempo que tarda la información en pasar desde nuestro cerebro emocional, el más primitivo, a la corteza cerebral, el racional. Este tiempo marca la diferencia entre actuar impulsivamente o de forma más meditada. Contar hasta diez antes de responder a algo que consideramos una gran afrenta o amenaza es un útil consejo que en muchas ocasiones conviene seguir. Está claro que en caso de encontrarnos con una serpiente en nuestro camino, lo más adecuado sería dar un salto y salir pitando sin pensárnoslo dos veces.

Por lo general, no solemos encontrarnos con muchas serpientes en nuestro día a día, pero sin embargo, sí que nos encontramos con otras amenazas de tipo psicológico, que activan en nuestro cerebro una respuesta de lucha o de huída, igual que si de una amenaza física se tratara. Por ejemplo, la valoración de nuestro trabajo por parte de nuestro jefe, o en el ámbito familiar, la respuesta a una crítica por parte de nuestra suegra. En estas ocasiones sí que es preferible contar hasta diez y dar tiempo a la corteza cerebral para que elabore una respuesta más meditada, pues si dejamos actuar a nuestro cerebro emocional, llevaremos a cabo algo de lo que probablemente nos arrepentiremos.

Uno tras otro fui tratando de incluir todos los objetivos de mi mapa mental en mis rutinas diarias y con gran sorpresa descubrí, que algunos de ellos no me hicieron tan feliz ni me hacían tanta falta como yo me imaginaba, pues cuando llegaba el momento de llevarlos a cabo no me resultaban tan estimulantes como los había imaginado. Por supuesto, con esto no me refiero al sexo o a dormir, que por más que los subrayé con colores fosforescentes en en papel aún tardaron varios meses en hacerse realidad.
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Guía urgente del padre primerizo

Extracto del libro: “Guía urgente para el padre primerizo”.
Editorial Larousse. Texto y dibujos originales de Rafa Esteve. Todos los derechos reservados.
- 197 páginas y 32 ilustraciones.

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